Miller Giraldo Manjarrez: las herejías de un «parcero» de la rumba

 

Por: Guillermo León Martínez Pino

 

La única forma de ganar es no teniendo nada que perder, renunciar a todo antes de apostarlo, vencer el miedo. Así funcionan las apuestas, el amor y la revolución.

 

Luis Fernando Moncada Ospina

 

Yo soy el hombre increíble, yo me le safo a cualquiera, como tengo el alma libre; no me amarran las cadenas.



Me tiraron por un brizco, me lanzaron pa' lo hondo, pero como soy arisco, yo me escape del fondo. En una jaula de acero pretendieron encerrarme, pero me le hice invisible,para venir a cantarles.

 

Marvin Santiago



 

¡Hay que pasar la vida siempre alegre, después que uno se muere de qué vale!

 

No tengo ningún recato en comenzar esta reseña confesando mi admiración por alguien que paradójicamente ha construido su popularidad, a expensas de las tradiciones ancestrales de una ciudad andina cobijada por la deuda con su pasado colonial, en la que aún hierve la sangre de la Aristócracia Payanesa. Ese alguien a que me refiero es: Miller Giraldo Manjarrez.

 

Lo conocí, cuando por allá al finalizar la turbulenta década de los 70s., nos levantábamos cobijados por las utopías perdidas de aquella juventud irreverente, que soñó con cambiar el rumbo de la historia. Su horizonte de vida en cambio era otro, atado también a la multitud, pero desde los micrófonos y las sonoridades de las músicas populares de la época. Allá por el año 1985, etnografíe sus historias y sus ambientes de farándula, que los identifiqué como el reflejo de mis propias aficiones bohemias y los gustos estéticos por la rumba, la lujuria y el sabor.

 

 Desde aquella época, he seguido con particular interés su carrera como locutor y animador de diferentes estaciones de radio y espectáculos, las que combina sincrónicamente con su faceta de empresario, de manera que este recorrido me ha permitido disfrutar de su gratificante complicidad.

 

En la escondida revuelta del camino, compartimos las aulas universitarias, las canchas de futbol; pero sobre todo los bares, la bohemia; las féminas de la calle que profesan por él una narcótica atracción. Parafraseando al Gran Combo de Puerto Rico, me digo: “Y que hermosa variedad, que mucho hay para escoger; a mí no me importa cual, siempre que sea una mujer; porque, no hay oro ni diamante, que compare con su amor, –y además frente a ellas–; se rinde el más valiente, el más lindo y el mejor”.

 

Así frecuentamos, los sitios más excelsos del alma excitante de la rumba de los años 70: El Arado de los hermanos Polindara Rengifo, que nos acogió en sus tardes de domingos fantasmagóricos, en los que escapados a la sodomía ardíamos como lámparas alumbrando mujeres, que robábamos de sus casas y las abandonábamos en el desierto de la rumba para que parieran, al amparo de un vámonos pa’l monte, o de una Lluvia con nieve,  ráfagas de sabor. La discoteca Play Boy, sucursal Andina del Nueva York noctámbulo, en donde no se nos exigía visa para penetrar a ese espacio de éxtasis mutante; de estímulos auditivos desenfrenados; en ocasiones casi terroríficos. Allí la pista de baile rectangular, sirvió como el ágora de los encuentros orgiásticos, las mujeres con sus encantos voluptuosos convocaban desnudas, cada jueves, al séquito de trashumantes noctámbulos que merodeamos el burdel en espera del intercambio ritual y festivo. Es la consumación de otro modo de intercambio, no el de las cosas útiles, sino el de las cortesías narcóticas, las trasgresiones amorosas, la lúdica celebratoria, en fin, el placer de los cuerpos. Aquel sitio fue testigo de excepción de múltiples historias cruzadas, en donde la potencia residía en el delirio esquizofrénico que movilizaba el deseo y la trasgresión. Quienes a él concurrimos, guardamos la delicia del placer como un secreto, como la llave maestra a otro estadio de la condición humana. Metafóricamente podría graficarse, la etnografía visual tras el telón de una larga noche, de la siguiente manera:

 

Noche de hechizos, de fuegos trasgresores y danzantes,

Noche de deseos libidinosos, acompañados de brujas y de hadas,

Noche pagana, de rituales tenebrosos,

Noche del desperdicio espiritual y de

La vanagloria de la estética erótica del cuerpo.

 

Noche de puertas abiertas a la voluptuosidad y la muerte,

Con letanías que retumban y cincelan los bordes del cerebro.

 

Así te he soñado en el espesor falaz de mis pulsiones,

Enceguecida invitándome a disfrutar del encuentro falaz de tus delirios;

Espacio abismal donde se funden los bajos instintos lujuriosos y

La irracionalidad amable del amor profano,

En un sincrético balanceo frenético de pecado y placer excitante,

Ese del vivir y morir al mismo tiempo en el deseo.

 

 

La enrancia orgiástica no tiene territorialidad

 

En este divagar, construimos las complicidades con Miller Giraldo, un personaje de “maniobras nocturnas”, y en cierta medida también un nómada “viajero secreto”, que se detiene en los recovecos más insólitos para gritarle al mundo sus afectos, que ha escondido y  matizado por largo tiempo, en el tejido más profundo de su memoria, en una suerte de segunda clandestina identidad.

 

Por eso no es excesivo afirmar, tras esta urdimbre de imágenes recurrentes que deparan las experiencias vivenciales del trance de la vida, que quien persiste en desconocer lo fantástico reduciéndolo a mentes pueriles o  gustos poco cultivados, o carece de la más mínima sensibilidad, o su capacidad goce está completamente esterilizada.

 

Siguiendo el viaje secreto, a Miller Giraldo, se lo puede encontrar, otro domingo cualquiera, en “Ritmo 60”, discoteca abierta al espectáculo del desdén y la seducciónfebril de la noche voluptuosa, animando en la tarima imaginaria, con sus ocurrencias descabelladas: “un litro de aguardiente para el culo más lindo de la noche”.

 

Por este insignificante trofeo, ruge el escenario travestido de claro-oscuras luces giratorias, que parecieran seguir la secuencia rítmica de la lúdica subnormal. Suena la música, como cortina seductora del anuncio escénico del animador. Aparecen las féminas impúdicas, de todas las estéticas; expuestas como piezas de trofeo, sometidas al escarnio del público tribunal inquisitorial de la jauría, reminiscencia patoja del circo Romano. Es el baile, esa  rítmica musical que organiza el juego obsesivo de los músculos y los nervios. Son unos cuantos minutos de locura entregados al furor que la pasión exige. Aplausos van y vienen en el recinto, para hacer sentir que en este espacio la democracia existe. Banal utopía. Un beso furtivo, unas  perfectas piernas, dentro del más ceñido pantalón, ya han definido el destino de la intrépida decisión. También el micrófono es erótico. Bien narra la novela: “sin tetas no hay paraíso”.

 

Pareciera una exageración metafórica o simple fantasía. Pero, no. La farándula y la trashumancia bohemia son eso: componente irónico y humorístico o, sarcasmo inquietante de la noche machista, narcótica, siniestra y pélvica; reminiscencia de Dionisos, Orfeo, Eros, dioses héroes, situados por fuera de todo orden, sensibles al placer y despistadores de la muerte. Séneca –nos dice Juan Cajas (2004: 103)–,  “en su tratado sobre Tranquilidad del alma, reivindica la embriaguez, no como recurso para ahogarse, sino como estrategia para borrar nuestras preocupaciones; el vino nos remoza espiritualmente y soluciona las dolencias. No se llamó al inventos del vino Liber, escribe el estoico filósofo y suicida, porque liberó la lengua, sino porque ha liberado nuestra alma de las preocupaciones que la agobian”.

 

En infinidades de tardes y noches de domingo, emerge su presencia, en otros sitios. Son ahora, “Caballo de copas”, “Mangos Club”o “Anacaona”;  regocijo de los encuentros colectivos, en donde las territorialidades proxémicas, salseras y truculentas se respetan,camina pa'lante no mires para el'lao”, diría Lavoe en su arrabalero canto; expresando la sensibilidad básica, la inmediatez de los sentidos, la retórica peligrosa de los signos de la calle. En estos sitios el ambiente pagano y el alcohol desinhiben a los concurrentes y favorecen improvisaciones, obscenidades y osadías.Es la idea del mundo al revés, trasmutado en el que prima la sensualidad,  el caos, el desperdicio, en contraposición a la racionalidad maximizadora y a la asepsia prohijada por el capital, la religión y la ciencia.

 

Allí, en esos lugares de paso el regocijo no da tregua, es el instante del escape a la rutina trágica de la vida; es la confabulación de la plástica de la risa, con la burla y el sarcasmo, como fuerzas torsivas del sentido, de otra forma de estar en el mundo. En estos escenarios pluriversos,  emergen del anonimatocomo el ave fénix: “calo calo”, “míquiri”, “calidad”, “bocato”, “gusano de humo”, “chiguaco”, “el diablo”, “pinocho”, “mata-perros”, “pistolo”, etc.  ¡Ah! y se me olvidaba lo más importante, las “princesas” y “las muñecas”; yuxtaposición corpórea de simultaneidad erótica; formas sugestivas y estereotipadas de nombrar y hacer visible las fugas y la irrupción de lo insólito, lo indómito del demonio y la carne; juego de imágenes y palabras que oprimen y liberan, arrebatan, electrizan y hechizan en un repasar policromático de la furtividad. En estas tramas escénicas ilógicas, para quienes profesan una vida higiénica, por ejemplo, se le cantan a la libertad de otra manera, tal como lo hace Ismael Rivera, cuando dice:

 

Me encerraron con siete llaves

Y allí les solté una bomba

Me trataron con siete candados

Y allí les solté un rumbón.

 

Porque la rumba estaba conmigo

Para aliviarnos las penas

Con su hermanita la plena

Y su primo el guaguancó.

 

O como lo sugiere Eduardo Galeano al plasmar en Ventana sobre el cuerpo, la metáfora de nuestro fundamental y negativo estar:

 

La iglesia dice: El cuerpo es una culpa

La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.

La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.

El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.

 

 

La incitación al  ritual pagano de la rumba

 

Ya en la mañana de todos los domingos, premonitoriamente se pregona en la radio local: “mangos lo es todo”;alegoría truculenta que invita a la tentación de dejar el mundo asfixiante de la racionalidad calculante y enredarse con otras voces, que inventan realidades, que recrean marginalidad, que desechan protocolos; complicidad  irreverente de círculos abiertos, en los que, “se le canta a la vida de risas y penas, de momentos malos y de cosas buenas”.

 

El reloj marca las cinco, tomo mi auto, la tarde emerge seductora y aguardientosa, en la nitidez sonora del “pioner”, chilla la voz inconfundible del rey de la puntualidad, que incita a disfrutar el golpe:

 

Esta risa no es de loco,

Se están riendo de mí,

Me dicen que yo estoy loco;

Pero se están cayendo de un coco

Porque de mí no pueden reir;

Lo que les pasa es que sin

Mi saoco no pueden vivir;

Porque yo canto, bailo, toco un poco

Y me hace sacudir.

 

Los aromas repentinos de esa rumba predisponen a mi corazón ingobernable. El deseo necesita circular, en palabras de Deleuze, necesita encontrar líneas de fuga, para renovarse, para enriquecerse, o también para perderse en la sensibilidad de la prohibida ebriedad. Me hago, entonces, el invitado, dejando en la estela del camino un mensaje, que tarareo al unísono con Roena:

 

Avísale a mi contrario que aquí estoy yo,
que venga para que aprecie dulce cantar;
porque después no quiero que diga,
que dí la rumba y no lo invité.

 

Para terminar este relato quisiera hacer un homenaje a esta aristocracia callejera, que ha teñido de otros colores, la otrora ciudad blanca y al igual que “El hombre en la multitud” de Edgar Allan Poe, como curioso de la realidad múltiple, indago y me pregunto por lo que recibo de mis sentidos y, entonces medito y escribo:

 

 

 

La Aristocracia callejera

 

Aristocracia de la calle con su vida temeraria, sigilosa y clandestina;

Intrépida, por el vértigo y la intensidad de la exacerbada adrenalina.

Esa es la guapería marginal y callejera de las ciudades invisibles,

De nuestro patio latino.

 La de los Pedros Navajas: “Gabán, sombrero de ala ancha,

Diente de oro, puñal en mano”;

Merodeando por “la esquina del viejo barrio”,

“Con el tumbao que tienen los guapos al caminar”.

 

La de las prostitutas, que "van recorriendo la acera entera por quinta vez" en un día flojo y sin "clientes pa' trabajar",

Y en el cual, desgraciadamente, "no hicieron pesos con que comer".

 

Detrás de las atestadas filas de maleantes,

Que se juegan la vida a cada instante,

Se esconden las máscaras felinas, que aterrorizan,

Las pupilas de los impávidos transeúntes.

Allí, en la callejuela más inesperada e inhóspita,

La noche agresiva y locuaz, encuentra camuflado a Juanito Alimaña:

 

“La gente le teme al tipo, porque el hombre es de cuidado;

Pa' meterle mano, hay que ser un bravo;

Si lo meten preso, sale al otro día;

Porque un primo suyo, 'ta en la policía”.

 

Ética transgresora, ritualizada por la autoridad policial,

Que “no combate el crimen, porque está ocupada en cometerlo”,

Diría Eduardo Galeano, en la noche oscura de la impunidad oficial.

 

 

Colofón necesario

 

Con su proyecto de vida, aferrado a las músicas y al divertimiento, Miller Giraldo, sin proponérselo, ha abierto espacios y rituales otros, para defender la locura que irreverentemente expresan hombres y mujeres hastiados de un imaginario aristocrático, que día a día los enajena, segrega e invisibiliza, en este Popayán de las pasiones tristes y vacías, de las paredes blancas y mentes sucias, de las iglesias con olor a muerto; cuyas élites aún no reconocen que la ciudad de hoy no pasa por el culto apologéticos del  linaje de las familias del ayer, esas de los escudos de armas y, parafraseando al maestro Jairo Varela, en la hibridez multicolor de este reducto, me digo: “Hay Mosquera blanco, hay Mosquera negro, hay García blanco, hay García negro. Por el hecho que le haya caído más leche al café ya no son Mosquera”.

 

Lo más seguro es que en el presente escrito se hayan cometido abusos, a los cuales nos enfrentamos cuando rastreamos el mundo dionisíaco; el del azar, el de la desfachatez, el de los sueños, el de los afectos; el de la memoria tramposa; pero donde nos damos la licencia para imaginar; porque, también, como lo expresa un cuentero la […] “ficción nos pertenece de una manera íntima y desde tiempo inmemorial", se constituye en  una  “forma de aproximarnos a la realidad, la primera de todas”; pues,   “antes de la filosofía y de la ciencia, ya estaba la ficción contándonos el mundo".

 

 

 






 

Tome las palabras, péselas, mézalas, vea la manera como se unen, lo que expresan, descifre el airecillo bellaco con que dicen una cosa por otra y venga a decirme si no se siente mejor después de haberlas desollado. A las palabras hay que arrancarles la piel. No hay otra manera para entender de qué están hechas.

 

José Saramago


 

Poema de amorosa raíz


Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos

Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.

Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.

Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.


Alí Chumacero

 

El alma humana es un manicomio de caricaturas. Si un alma pudiera revelarse con verdad, no hubiese un pudor más profundo que todas las vergüenzas conocidas y definidas, seria, como dicen de la verdad, un pozo, pero un pozo siniestro lleno de ecos vagos, habitado por vidas innobles, viscosidades sin vida, babosas sin ser, mucosidades de la subjetividad. 

 

                                                                            Fernando Pessoa

 

CUENTO SOBRE LA ESTUPIDEZ CIENTÍFICA

 

He aquí un cuento que el Maestro contó a un filósofo 
que quiso saber por qué la inteligencia podía ser un
obstáculo  para alcanzar la Iluminación.

 

Érase un avión en el que iban sólo tres 
pasajeros: un famoso científico, un boy scout
y un obispo.  El avión sufrió una avería, y
el piloto anunció que él se largaba, pero que
únicamente había tres paracaídas, y uno era
para él:los tres pasajeros deberían decidir
quién de ellos debía quedarse.

 

Dijo entonces el científico:”Puesto que yo
soy un hombre necesario para el país, supongo 
que uno de los paracaídas ha de ser para mí".
Dicho lo cual, agarró uno y saltó afuera.

 

El obispo miró al boy scout y le dijo: 


"Hijo mío, yo ya he vivido mucho, por lo que
creo que lo más lógico es que el paracaídas
restante sea para ti.  No me importa morir".


“No será necesario, señor obispo", dijo el
boy scout.  "Todavía quedan dos paracaídas,
porque ese tipo ha saltado con mi mochila". 

Y añadió el Maestro:”De ordinario, la inteligencia 
no da cabida al conocimiento".

 

 

Anthony de Mello.

 

 

La vida es un caos donde uno está perdido. El hombre lo sospecha; pero le aterra encontrarse cara a cara con esa terrible realidad y procura ocultarla con un telón fantasmagórico, donde todo está muy claro. Le trae sin cuidado que sus ‘ideas’ no sean verdaderas; las emplea como trincheras para defenderse de su vida, como aspavientos para ahuyentar la realidad…

 

Ortega y Gasset